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jueves, 3 de junio de 2010

Apenas en la inusual aurora de cielo caído ya el pueblo entero se había enterado de la novedad, a Maria de Jesús Medina la hija de don Aristóbulo Medina y doña Telma Chiquinquira la había poseído el diablo, eran ya muchas las sospechas y en la cotidianidad del pueblo tradicionalista un suceso como tal marcaba el inicio de una nueva era mientras párroco y sacristán debatían importantes asuntos como si los Ángeles tienen o no ombligo para tranquilidad de sus fervientes devotos. Los comentarios en las calles no se hicieron esperar; los mareos y desmayos repentinos en tan joven mujer no eran algo usual en un hijo de Dios o por lo menos no en el pueblo, los chismes corrían como el viento y una fila de desesperados parroquianos se acercaban a la pequeña iglesia de adobe y madera para confesar sus pecados y pedir al santísimo la máxima protección.

El escándalo trascendió a los más altos tribunales. De la parroquia se envió una carta que tendría como destino final Roma y el Santo Padre, una situación atípica y con tan alto impacto requiere de una solución definitiva, en aquel pueblo tumba de viejos católicos el diablo hacia de las suyas en el cuerpo de una de sus habitantes y la piedad de la gente no era suficiente para contrarrestar los poderes del maligno, se necesitaban especialistas y como en el pueblo eso no existía había que buscar por fuera antes de que el pánico invadiera el lugar casa por casa como un cáncer que se extiende sin contemplación alguna.

Maria de Jesús Medina era apenas una joven de casi 20 años; esbelta, de caderas pronunciadas, labios carnosos y ojos azul profundo que ahogaban a los hombres en un mar de deseo, conocida en el pueblo por su poco interés por lo divino Maria era considerada una hereje y fachada de perdición incluso antes de lo acontecido. Sin embargo esa no era la estricta realidad; como única hija del hacendado mas conocido de la región había tenido la posibilidad de ir a los mejores colegios de la capital, hacia poco que había regresado a causar alboroto entre las mujeres por su notable superioridad física e intelectual y además a manejar los negocios de su padre. En el convento se comentaba que la belleza como maldición era infalible e inclusive las mujeres del pueblo se atrevieron a decir que del dinero mal habido de su familia no se podía esperar algo distinto a una condena celestial, se decía que su belleza y su aroma dulce como de burdel era mas atractivo para los varones que el incienso y el agua bendita, que el sabor de sus besos era mas codiciado que el cuerpo de Cristo, que su estirpe redefinía las ideas de un divino rostro y que su cama era el mas codiciado de los paraísos. Por eso la condena era justa pero eso no daba garantía de que no fuera contagiosa.
El exorcista enviado por la iglesia llego a las pocas semanas, imponente, la palidez de su rostro le daba una expresión lúgubre acompañada de unos ojos que con una mirada profunda transmitían el mas solemne de los respetos, una maraña de arrugas cubría su rostro albino y contrastaba con su blanca cabellera y poblada barba, el sacerdote parecía venido del mas allá, tal vez incluso del mismísimo infierno. El asunto se manejo con total hermetismo desde la llegada del visitante que arribó directamente a la casa cural y de allí a la casa de la endemoniada, quien había sido mantenida en una habitación bajo llave en la mas escondido y pequeño rincón de la finca de su padre como si el diablo traspasara cuerpos pero no paredes.
Como al principio la gente se volcó en torno al tema y seguía con total atención cada paso del cura hasta llegar a su destino.
Los clérigos llegaron a la cabeza del nuevo a su destino final, todo en el lugar se paralizo por completo para poder obtener un puesto de primera fila en la expulsión del demonio de esa tierra tranquila, puritana y extremadamente aburrida perturbada abruptamente por el diablo hecho ojos azules. Con escepticismo todos atendían lo que estaba por pasar, para muchos la belleza de Maria volvería al infierno después del exorcismo y como estas mil versiones mas circulaban calle a calle. La comitiva entro, el nerviosismo se apodero del vulgo y las camándulas aparecieron, los cantos de alabanza dirigidos con total dedicación por las hermanas del claustro servían de música de fondo a tan sublime escena, mujeres, niños, niñas y gente de todo tipo bañada en agua bendita se sobreponía al miedo alentada por la curiosidad. La espera se hizo insoportable, pasaron varias horas, algunos no aguantaron y salieron del lugar para hacerle compañía a quienes desde un principio se escondieron en sus casas o se encerraron en el templo ante los rumores del Apocalipsis con epicentro en la finca de los Medina, la mayoría permaneció inmóvil cantando a pesar del miedo y rezando pese la lluvia, estaba ya presto el ocaso cuando del fondo se vio venir exhausto a paso lento el anciano sacerdote venido de tierras lejanas acompañado de sus homólogos provincianos. El cielo se despejo y un rojo intenso se apropio de la despedida del sol al día en lo profundo de las montañas. Cuando los sacerdotes llegaron afuera el pueblo enmudeció, a paso lento el foráneo se acerco a la plebe, su rostro cansado era el reflejo de una faena como ninguna, la tensión se volvió incontrolable, gotas de sudor recorrían la frente del presbítero lavando de pecado y demonio la piel del santo, con voz frágil pero consistente anuncio al pueblo entero que el demonio que los atormento durante semanas habría de nacer en poco menos de nueve meses.